Quinto mito
MARÍA NO PUEDE SER LLAMADA MADRE DE DIOS
Otra formulación del mito:
“María es madre de Jesús, que no es Dios verdadero, sino la primera creatura creada por Jehová”.

Origen del mito
Como es bien sabido, los testigos de Jehová niegan la Trinidad y, por lo tanto, la divinidad de nuestro Señor Jesucristo. Una cosa lleva a la otra: Si Jesús no es Dios, entonces María no puede ser llamada Madre de Dios. Puede, en todo caso, ser llamada madre del Hijo de Dios.
Según los testigos de Jehová, «las bases para la devoción a María se sentaron en el año 431, cuando el Concilio de Éfeso la proclamó “Madre de Dios”, o Theotokos (en griego, “la que da a luz a Dios”)».
¿Qué dice la Biblia?
1) María es verdaderamente madre de Jesús
Cuando llegó la plenitud de los tiempos, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la Ley. (Gál 4,4)
Este Hijo, del que nos habla san Pablo, es Jesús, nuestro Salvador.
Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo. (Mt 1, 16)
Y María es mencionada múltiples veces en la Sagrada Escritura como su Madre (Mt 2, 11.13-14.20-21; Jn 2, 1-3; 19, 25-27). Veamos este significativo pasaje:
La generación de Jesucristo fue de esta manera: Su madre, María, estaba desposada con José. (Mt 1, 18a)
2) Jesús es verdadero Dios
En muchos pasajes de la Biblia se nos presenta que Jesús, nacido de la Virgen María por obra y gracia del Espíritu Santo, es verdadero Dios.
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. (Jn 1,1)
Santo Tomás, habiendo dudado de la resurrección del Señor, cuándo se le presenta Cristo Resucitado, exclama al verlo y escucharlo:
Señor mío y Dios mío. (Jn 20,28)
En la Carta a los Romanos, el apóstol San Pablo escribe lo siguiente:
Suyos son los patriarcas y de ellos, en cuanto hombre, procede Cristo, que está sobre todas las cosas y es Dios bendito por siempre. (Rm 9,5)
Uno de los textos más reveladores es el siguiente:
Vivamos con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la feliz esperanza y la Manifestación de la Gloria del gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. (Tit 2, 12a-13)
Sigamos escuchando a san Pablo:
Porque es en Cristo hecho hombre en quien habita la plenitud de la divinidad corporalmente. (Col 2,9)
El, que era de condición divina, no consideró esta igualdad con Dios como algo que debía guardar celosamente. (Flp 2, 6)
3) Podemos decir que María es Madre de Dios
Teniendo en cuenta todo lo anterior, es más fácil entender porqué, desde los primeros siglos de la Iglesia, llamamos a María con el hermoso título de Madre de Dios (Theotokos).
De hecho, la primera en llamarle de esta manera fue su parienta Isabel:
¿Cómo he merecido yo que venga a mí la madre de mi Señor? (Lc 1,43)
Hay que recordar que, en este tiempo, el título o la palabra Señor (Kyrios en griego, Adonai en hebreo) se reservaba para Dios. Pues bien, en el Nuevo Testamento se atribuye también a Cristo (Cf. Flp 2, 9-11; Rm 10, 9.13; 1Cor 2, 16, etc.), indicando así su divinidad.
Por eso, la oración más antigua dirigida a la Virgen María, en el siglo II, empieza con estas bellas palabras:
Bajo tu amparo nos acogemos, santa Madre de Dios; no desprecies las oraciones que te dirigimos en nuestras necesidades…
Así pues, los católicos no creemos que María sea Madre de Dios porque pensamos que ella ha dado origen a Dios o que ella es anterior a Dios. La llamamos Madre de Dios porque es Madre de Jesús, que es verdadero Dios y verdadero hombre. En efecto, en Cristo hay una sola persona, la del Verbo, con dos naturalezas, la naturaleza divina y la naturaleza humana.
Por eso los católicos la saludamos con estas palabras, que encontramos en la Liturgia de las Horas: “Dichosa eres, Virgen María, que llevaste en tu seno al Creador del Universo” (Cf. Col 1, 16-20).
O también esta expresión: “Engendraste al que te creó y permaneces virgen para siempre”.
Verdad
Para decirlo con palabras más claras: Si María es Madre de Jesús (Hch 1, 14) y Jesús es Dios (Tit 2, 13), podemos decir con toda razón que María es Madre de Dios (Lc 1, 43), aunque le haya dado a Jesús solamente el cuerpo humano, contribuyendo así a la Encarnación del Verbo.
Lo que hizo el Concilio de Éfeso (431) fue proponer esta verdad contenida en la Biblia y presente en la Sagrada Tradición ante la herejía de Nestorio (386-451), el precursor de todos aquellos que niegan la maternidad divina de María.